sábado, 8 de septiembre de 2012

PÁGINAS MEMORABLES

 

EL CORAZÓN DELATOR

(FRAGMENTO)

 

Por: Edgar Allan Poe

 

Luego de haber esperado tan largo rato, con toda paciencia, sin oír que se acostara de nuevo, me aventuré a abrir un poco la linterna, pero tan poco, tan poco como si nada. La abrí cautelosamente, tan furtivamente, como no podréis imaginarlo, hasta que, al fin un único y pálido rayo, como un hilo de telaraña, Salió por la ranura y descendió sobre su ojo de buitre.

Estaba abierto, enteramente abierto y, al verlo, me encolericé. Lo vi con claridad perfecta. Todo él, de un azul mate y cubierto por una horrorosa nube que me helaba la medula de los huesos. Pero no podía ver nada más; ni la cara ni el cuerpo del anciano, como si no existiera otra cosa que aquel ojo obsesionante.   

Os diré que un rumor sordo, ahogado y continuo, llegó a mis oídos, semejante al producido por el tic-tac de un reloj envuelto en algodones. Inmediatamente reconocí ese sonido. Era el corazón del viejo latiendo. Excitó mi furor como el redoble de los tambores excita el valor del soldado.

Con un gran alarido, abrí de pronto la linterna y me precipité en la alcoba. El viejo, entonces, dejó escapar un grito, uno sólo. En un momento, le derribé al suelo y eché sobre él todo el peso del lecho. Y hasta sonreí entonces ufano, viendo tan adelantada mi obra. Durante algunos minutos, sin embargo, el corazón latió con un sonido ahogado. A pesar de todo, ya no me atormentaba. No podía oírse nada a través de las paredes. Y, por fin, cesó todo. El viejo estaba muerto. Levanté la cama y examiné el cuerpo. Sí: estaba muerto. ¡Muerto como una piedra! Puse mi mano sobre su corazón y estuve así algunos minutos, sin advertir latido alguno. Estaba muerto, bien muerto, y en lo sucesivo su ojo no me atormentaría más.

Si insistís en considerarme loco, vuestra opinión se desvanecerá cuando os describa las inteligentes precauciones que tomé para esconder el cadáver…Avanzaba la noche y yo trabajaba con prisa, pero con cauteloso silencio. Fui desmembrando el cuerpo; primero corté la cabeza y después los brazos; luego las piernas. Enseguida arranqué tres tablas del entarimado y lo coloqué todo bajo el piso de madera. Después volví a poner las tablas con tanta habilidad que ningún ojo humano, ¡ni siquiera el suyo!, hubiese podido descubrir allí nada alarmante. Nada había que lavar. Ni una mancha, ni una sola macha de sangre. No se me escapó detalle alguno. Un cubo lo hizo desaparecer todo…

Así que terminé aquellas operaciones eran las cuatro y estaba tan oscuro como si fuese aún medianoche. En el momento en que el reloj señalaba la hora, llamaron a la puerta de la calle. Bajé a abrir confiado. Porque, ¿qué era lo que tenía que temer entonces? Entraron tres hombres que se presentaron cortésmente como  agentes de policía. Un vecino había oído un grito durante la noche y le hizo despertar la sospecha de que se había cometido un crimen. En la comisaría había sido presentada una denuncia y aquellos caballeros, los agentes, habían sido enviados para practicar un reconocimiento.

Sonreí. Porque, repito ¿qué tenía que temer? Y di la bienvenida a los recién llegados.

-El grito- les expliqué-, lo había dado yo, soñando. El viejo-añadí-, está de viaje por la comarca.

Conduje a mis visitantes por toda la casa. Les invité a buscar, a que buscaran bien. Por fin, los conduje a su cuarto. Les mostré sus tesoros, en seguridad perfecta, en perfecto orden. Entusiasmado con mi confianza, les llevé unas sillas a la habitación y les supliqué que se sentaran, mientras yo con la desbordada audacia del triunfo absoluto coloqué mi propia silla exactamente en el lugar que ocultaba el cuerpo de la víctima.

Los agentes estaban satisfechos. Mi actitud les había convencido. Sentíame completamente bien. Sentáronse y hablaron cosas familiares, a las que contesté jovialmente. Pero, al poco rato, me di cuenta de que palidecía y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me parecía que mis oídos zumbaban. Sin embargo, ellos continuaban sentados y prosiguiendo la charla. El sonido hizose más claro. Persistió y volvióse cada vez más perceptible. Empecé a hablar copiosamente, para libertarme de tal sensación. Pero ésta resistió, reiterándose de tal modo, que no tarde en descubrir, por último, que el rumor no nacía en mis oídos.

Comencé a andar de un lado para otro de la habitación. Pero el rumor lo dominaba todo y crecía indefinidamente. Hacíase más fuerte. Y los hombres continuaban, hablando, bromeando, sonriendo. ¿Será posible que nada oyeran? ¡Dios todopoderoso! ¡No, no! ¡Estaban oyendo, estaban sospechando! ¡Sabían! ¡Estaban divirtiéndose con mi terror!

Así lo creía y lo creo ahora. Pero había algo peor que aquella agonía, algo más insoportable que aquella burla. No podía tolerar por más tiempo aquellas hipócritas sonrisas. Me di cuenta de que era preciso gritar o morir, porque entonces…¡Atended, por favor!

-¡Miserables- exclamé-, ¡No disimulen por más tiempo! ¡Lo confieso todo! ¡Arranquen esas tablas! ¡Aquí, aquí! ¡Es el latido de su implacable corazón!    

 

 

 

Edgar Allan Poe (19 de enero de 1809- 7 de octubre de 1849, Estados Unidos), conocido por ser un maestro del relato corto. Poeta, escritor y periodista romántico norteamericano. Célebre por su poema El cuervo y  sus Narraciones Extraordinarias (conjunto de relatos cortos, en los que muestra su maestría literaria).

 

 

 
Rincón literario de URPI para los que inspiran sus acciones en la lectura.

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 de junio de 1527.alia.
Fallecimiento (†): Florencia, 21 de junio de 1527.

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